06/02/12 Lunes
Fin de semana frío, siberiano…
Tengo una anécdota real, totalmente real, de este fin de semana.
Resulta que la pila de la báscula del baño se agotó… (no entro en sarcasmos de si se agotó antes de lo esperado por aguantar tanto peso…), el caso es que se agotó y había que comprar otra para cambiarla.
Muy cerca de casa hay “un chino” en el que encuentras todo lo que necesitas y más.
El caso es que sobre las 7 de la tarde, Pepe y yo, abrigados acordes con el tiempo, nos dirigimos “al chino”, para efectuar la compra de rigor.
Llevábamos la pila vieja para comparar la numeración con la nueva.
La “china”, era “china”, no “chino”, muy amablemente empezó a rebuscar en una caja llena de pilas, la que nosotros necesitábamos.
Por fin, elige una y me la da.
Yo insisto en que sea la misma numeración de la que traigo como muestra.
Ella me la quita de las manos y dice que es la misma que la vieja.
Yo se la cojo para comprobar si coinciden esos números tan pequeños.
Ella me la vuelve a quitar.
Y entre tanto cambio de mano yo digo:
- ¡Vaya lío!
A lo que ella responde:
- ¡Si que hace mucho “lío”!
Dominé la risa pero me faltó tiempo para llamar a Mari Carmen que estaba trabajando, para reírnos a mandíbula batiente.
Es curioso. Ya en los tebeos y en los chistes en los que salían “chinos”, se hacían ese tipo de bromas ante su incapacidad de pronunciar según que palabras.
Y…¡mira por donde!, ahora en el día a día, comprobamos que es verdad.
A veces pienso que con esto de la globalización, del intercambio de culturas y ante la gran cantidad de personas de todas las nacionalidades con las que convivimos a diario, el típico chiste de:
“Había una vez un ruso, un italiano y un español…”
Ahora, lo “gracioso”, por poco frecuente, sería decir:
“Había una vez un español, un español y un español…”
No se, todo se andará.
Al contar esa anécdota, me acabo de acordar de la que yo considero “mi mejor anécdota”.
Os la cuento y luego me decís si merece el “rango de gran anécdota”.
Me pasó hace un montón de años.
Estaba en Sevilla, donde hice mi primer curso de Medicina. Los cinco restantes los hice en Barcelona.
El caso es que estando en Sevilla, llegando las vacaciones de Navidad, Semana Santa o Verano, cogía el tren, rumbo a Albacete. Lugar que por aquellas fechas vivíamos dado “el nomadeo administrativo” al que mi padre siempre hacía referencia.
Era un viaje largo.
Era un tren malísimo.
Era un tren de compartimentos en los que podíamos estar 8 personas en cada uno de ellos.
A mi me producía un “aburrimiento espantoso” pensar en las horas que tendría que estar con esa gente desconocida y las conversaciones “estereotipadas” que tendría que mantener una vez más.
Siempre me metía en “el compartimento vacío” , pero desgraciadamente eso duraba poco y al final se llenaba de gente.
Pero hete aquí! Que un día eso no se produjo.
Estuve varias horas completamente a solas.
Pero la felicidad no fue completa ya que en una de las estaciones subió una pareja que decidió acomodarse donde yo estaba.
Eran jóvenes.
Les sonreí aunque por dentro estaba “maldiciendo”.
Me limité a decir:
- ¡Hola, buenas tardes!
No recibí contestación, salvo grandes sonrisas y gestos… ya que ¡eran sordomudos!.
Yo me alegré, no porque fueran sordomudos, sino que por serlo, seguía manteniendo “mi intimidad intacta”.
Pero fue pasando el tiempo…
Ya me había leído todo lo que tenía que leer…
Se hizo de noche y ya no se veía nada por la ventanilla…
De tal manera “que me aburrió tanta privacidad. Tanta intimidad. Tanto silencio”.
Estando en esa fase “de aburrimiento”, compruebo que la pareja de sordomudos… ¡se han dormido!.
¿Sabéis como se me quitó el aburrimiento?.
“Haciendo maldades”.
Empecé a:
¡ Dar palmas!.
¡ A cantar!.
¡ A dar golpes sin parar con la tapa metálica del cenicero!.
¡ A llamarlos diciendo que había fuego!.
….
Ellos siguieron durmiendo plácidamente …
A mi se me pasó el tiempo rápidamente…
Yo me reía de ver “lo que puede hacer el aburrimiento cuando estoy callada más de lo debido”.
Mañana, más.