jueves, 14 de junio de 2018

UN SAN ANTONIO MUY ESPECIAL


Jueves 14/06/18

Hacía meses que era consciente que el día de San Antonio, el 13 de junio, se iba acercando lentamente, disimuladamente, como queriendo pasar desapercibido… pero no lo conseguía.
No era un 13 de junio más, se me venía encima “el 13 de junio de 2018” y esa fecha hacía que su llegada se tradujera en una sensación muy especial: sentía, como si mil fustas perfectamente sincronizadas, emitieran al unísono “el tremendo chasquido” al que mi vida estaba a punto de pertenecer.

Me sentía como un corredor de fondo, por un sendero agradable pero angosto, arropado a derecha e izquierda por una multitud de gente todavía sin rostro que me animaba y vitoreaba mi carrera.

Corría y corría pero como a cámara lenta, dándome tiempo y percibiendo cada década vivida.

A lo lejos se vislumbraba la meta. Parecía que la cinta que tenía que sobrepasar no era difícil de romper pues apreciaba sus ondulaciones.

A diferencia de cualquier corredor sensato, no tenía ningunas ganas de llegar a esa meta. Atravesarla supondría, o así lo creía yo, formar parte de “otro grupo”, ser tal vez “algo o alguien distinto a lo que había sido antes”.
Me tranquilizaba saber que seres muy queridos por mí ya habían pasado por ese tránsito y alegres me esperaba al final de la meta. Seres queridos a los que admiro y quiero más que en décadas tempranas. Seres que demuestran día a día lo que es la nobleza y la dignidad humana que solo el que ama a la vida puede trasmitir.

Sí, me tranquilizaban pero no disipaban todas mis tribulaciones.

Tenía que seguir corriendo, tenía que esforzarme para llegar alegre hasta el final de la década.

Cuando solo me quedaban dos zancadas para romper la cinta… cerré los ojos, extendí los brazos como si fuera a volar, adelanté el pecho y… la cinta se rompió.

Noté que ya estaba dentro.

Abrí los ojos y a derecha e izquierda, la gente que me acompañaba, recobró su rostro…
Eran los mismos de siempre: Era mi familia
Esa familia que crece a golpes de  amor y amistad. Esa familia que mezcla “sangre con camino recorrido”.
Esa familia que hace de mi vida una feria de sensaciones y un laboratorio de buenos propósitos.
Esa familia a la que doy gracias a Dios por tener y al que le pido me conceda estar a la altura por tenerla.

Siempre cuando hablo conmigo misma me veo pequeña, de unos cuatro o cinco años, sentada en una mesa y balanceando los pies.
A esa niña hoy le digo: “felicidades en tu 70 cumpleaños”… pero no me abandones nunca!



Mañana, más.

lunes, 4 de junio de 2018

CONSERVAR LA CABEZA PLATEADA


Lunes 04/06/18


Al alba, tanto en invierno como en verano, salgo con mi taza de café al pequeño jardín delantero de la casa. 
Apoyo los codos en la cancela de hierro pintada de blanco, sujetando la taza con las dos manos, dejando que el aroma del café y su sabor vaya despejando poco a poco mis sentidos.

Voy mirando ese entorno familiar tan conocido, pero tan distinto cada mañana.

Veo el mar, siempre acompañado en época invernal de esa inconfundible maravilla, inundada de colores rojizos que acompañan a la salida del sol.

En verano, veo el mar, pero aunque sea “la misma hora” ya el sol ha abandonado su despertar rojizo sin dejarme por tanto que lo vea. 
A cambio me obsequia con el canto de los mirlos. 
Un canto sin estridencias, casi sin ritmo. 
Lo percibo más bien como un susurro, como un murmullo. 
Parece que hablan entre ellos y a mí me encanta creer saber, lo que se dicen.

Veo el grupo de pinos y me gusta estar tan cerca del Mediterráneo.

Justo delate, enfrente de casa, están las palmeras. 
Las hemos visto crecer. 
Están preciosas, altísimas. 
Me recuerdan a mi Alicante y quieras que no, me reconfortan. 
Mirándolas comprendo y comparto los versos de mi paisano Miguel Hernández: “alto soy de mirar a las palmeras”… y es que no puede ser de otra manera…

Y por fin llego al olivo que está en la casa de la esquina.

Desde que lo plantaron era “un señor olivo”, grande, recio, majestuoso.  
Durante más de 20 años, al mirarlo, me he dejado impregnar de ese color grisáceo, plateado de sus hojas. 
Ese color, sin color que tienen los olivos sustentados por un tronco retorcido, severo, potente.
Hará unos dos años que lo podaron totalmente.
Cada mañana, le lloraba sus hojas.
Cada mañana esperaba el milagro.
Cada mañana lo he ido mirando y mirando preocupada por su destino.
Una mañana le empezaron a salir hojas verdes, muy verdes, muy brillantes.
Mañana tras mañana iba creciendo hasta conseguir ser tan frondoso como antes.

El que no lo conozca, el que lo vea hoy, creerá que es un olivo “joven”, pero es mentira. Yo sé que es mentira. Él sabe que es mentira.

Él y yo estamos esperando que una mañana sus hojas recobren la plata perdida que solo se consigue con el paso de los años y que producen un respeto imponente.






Mañana, más.