miércoles, 21 de febrero de 2018

MIS AÑOS 20


Miércoles 21/02/18

Lo digo siempre y lo repito: la inmensa mayoría de las veces que me siento a escribir, no sé lo que voy a decir, hasta el punto de considerarme “la primera lectora de mi misma”.

Pero hay algo que no cambia nunca.

Al sentarme y como consecuencia de mi imaginación que no para de situarme en lugares cuanto más absurdos, mejor… siempre me imagino de la misma manera:

Me convierto en uno de esos periodistas de los años 20 del siglo pasado (siempre me ha fascinado esa época y muchas veces pienso que estoy viviendo yo también esos “años casi 20 de este siglo” y quién  sabe si pasados 100 años más, los que vengan, los admiren como lo hago yo) que después de conocer la noticia, salen disparados a sus redacciones para aporrear frenéticamente su máquina de escribir. 
Me pongo “la visera y los manguitos”  y ya estoy dispuesta a escribir lo que “vaya saliendo”.


Siempre he necesitado “una especie de disfraz” cuando he hecho algo que se repite continuamente, como si de esa manera desdibujara lo que estaba haciendo y a su vez que me resultara más agradable.

Lo más significativo era cuando tenía que estudiar y los exámenes estaban a la vuelta de la esquina.

Tenía “dos maneras de afrontar, con cierta diversión, tan incómodos momentos”:

-         Me ponía un sombreo blanco de cowboy. Abría la ventana de tal manera que podía “verme “reflejada en el cristal, cosa que me producía una gran paz y gran admiración hacia mi persona.

-         Otras veces, según el ánimo inicial, me transformaba en un indio, para lo cual tenía varias cintas de colores que me colocaba alrededor de la frente. La ventana siempre dispuesta para “verme”.

-         Encima de la mesa:
Una taza de café.

Un montón de rotuladores para ir subrayando los apuntes y haciendo que sus colores iluminaran alegremente mi mente. ¡Lo que hubiera dado porque en esa época existieran ya los iluminadores…! Y es que me fascinan, sobre todo el verde, el amarillo y el rosa. Hubiera podido conseguir más alegría en los apuntes, ya que más de una vez, en vez de subrayar, lo que hacía  era tachar lo escrito. Pero era lo que había y para mí los colores eran imprescindibles.

Tres clases diferentes de tabaco: 
Chesterfield sin filtro, tal vez para poder sentir esa brizna de tabaco que tenías que atrapar cuidadosamente de la lengua, ya que esa sensación con los cigarrillos con filtro había desaparecido de mi vida y no estaba dispuesta a ello.
Lark, para poder, una vez finalizado el cigarrillo, apretar con los dedos el filtro, dando movimientos de rotación, hasta que aparecía esa especie de carboncillo que llevaba dentro.
Paxton, cigarrillo mentolado para cambiar por completo el gusto del tabaco.
Un hermoso cenicero que procuraba tener limpio el máximo tiempo posible. Nunca me han gustado los ceniceros “llenos”. Mi hermana Carmela para esto era una artista. Hace tiempo que lo dejó pero aún recuerdo su rapidez en estos menesteres.

Una pistola de juguete, pero perfecta. Su misión era “poder suicidarme siempre que lo creyera conveniente”, cuando se me atragantaba un tema.

… y así, a lo tonto, a lo tonto… me hice médico.


Ahora de todo aquello me queda “un sombrero blanco de Panama Jack” que cumple en verano, todas mis expectativas.





Mañana, más.


lunes, 19 de febrero de 2018

QUE NO ME ESPEREN EN "MAESTROS DE LA COSTURA"



Lunes 19/02/18

Nunca me he planteado presentarme a un concurso de la tele.

En esta ocasión he visto claramente “al que NO podría presentarme, jamás”.

No pienso “presentarme a Maestros de la costura”.

Esta seguridad, “esta decisión tan firme”, es fruto del resultado de dos generaciones.


Mi abuela Aurora era costurera, una buena costurera.

Contaba con orgullo que le cosía a la esposa del Barón del Bosch.

La baronesa, contaba, le enseñaba figurines y le decía:

-        ""  A ver, Aurora, si puedes hacerme un traje como el de esta revista…

Y luego nos decía:

-         Se lo confeccionaba, aunque la baronesa contaba a sus amistades que lo había comprado en París…

De eso mi abuela estaba muy orgullosa y también del trato que recibía:

-         Yo no comía con el servicio. A mí me servían la comida en una salita aparte.

Pero a pesar de su buen hacer, a ella no le gustaba “la esclavitud que conllevaba el saber coser”.

Cuando se casó, decidió dejarlo, pero claro, “ella sabía coser y también lo sabían las vecinas…”

Eso implicaba que a ella y a sus cinco hijos (cuatro chicas y un chico), les hacía los vestidos y para colmo, no podía rechazar a esa vecina que le decía:

-         ¿Aurora, me puedes arreglar esta falda?

-         - ¿Aurora, me puedes coger el dobladillo de estos pantalones?

Definitivamente no le gustaba, hasta el punto que no solo no enseñó a coser a ninguna de sus hijas, sino que decía con frecuencia:
-         Solo le pido a Dios que ninguna de mis hijas sepa coser.

Y Dios… se lo concedió!

Ni mi madre ni mis tías han sabido dar un punto.

Se decantaron todas, por ese término tan amplio de “oficinistas”.

Nosotras somos cuatro hermanas y sobre nosotras también ha llegado “la Gracia de Dios”…

Mi hermana María Eugenia se salva un poco. 
Ella es “especialista en remiendos. En aplicación de parches”, pero todo de forma “bastante precaria y sui géneris”.

Me explico.

Tiene unas zapatillas de ir por casa desde hace mil años y se resiste a tirarlas a la basura. Para ello ha tenido que ingeniárselas construyendo parches en el roce producido por los años en la parte correspondiente al dedo pequeño… una auténtica filigrana que provoca la risa a todas las hermanas, pero que a la vez lo contemplamos con gran respeto.

Curiosamente es su hija, es decir la biznieta, la que de forma innata, sabe coser maravillosamente. 
Es autodidacta, pero hace unos vestiditos perfectos, preciosos a muñecas. 
Aunque en esta ocasión “disfruta” con lo que hace.

Es tal su habilidad que hizo a ganchillo un muñeco que es la reproducción exacta de su marido Raúl.

Con ella, Dios nos falló un poco…


Pero volvamos al principio de esta historia. ¿Por qué yo sé que NO concursaré en Maestros de la Costura?

Porque en el colegio yo sufría como loca en las clases de costura.

En esas clases teníamos que coser “pañitos” y presentarlos para recibir la nota correspondiente.

Los “pañitos” tenían el tamaño aproximado de una octavilla y allí tenías que plasmar lo enseñado en clase.

Recuerdo perfectamente “mis pañitos”.

Llegaban sucios y arrugados de tantas manipulaciones. De tanta corrección. (Cuando tuve algo más de cultura, comprendí que era una Penélope en pequeño).

La cadeneta, la sabía hacer pero… “los ochos” eran totalmente desiguales.
Unos flacos, otros gordos… nada homogéneos.

El festón, lo mismo. Lo hacía, pero aquello parecía más una gráfica que un festón, pues lo mismo mantenía la altura como me pasaba de ella.

Los ojales… ¡Ay los ojales!... los hacía (yo todo lo hacía…) pero de tal forma, tan a conciencia, tan bien punteados que luego no cabía el botón… y al revés, como cosiera un botón, lo apretaba tanto que el ojal no podía entrar aunque fuese amplio.


Y así fui pasando los cursos, a trompicones, hasta que apareció ante mi “EL PUNTO DE INCRUSTACION”.

Eso ya fue demasiado!. Era imposible aprenderlo!

Por mucho que me lo explicara la madre María Luisa, yo no podía con él. 
Tanto es así, que vi claramente que el suspenso planeaba sobre mi cabeza. 

Decidí, en señal de buena voluntad, proponerle a la madre María Luisa que me lo enseñara los sábados por la tarde, que estaba dispuesta a todo con tal de aprenderlo.

Fui tres sábados seguidos, al cuarto, al verme, me cogió muy cariñosa por el hombro y me dijo:

-         Victoria, ya no vuelvas más. No estás dotada para la costura. No te preocupes te aprobaré igualmente…
-          
A mi Dios, me colmó con sus bendiciones.






Mañana, más.











miércoles, 14 de febrero de 2018

ADORO. ME GUSTA. ODIO.


Miércoles 14/02/18

Siempre que inicio un escrito, hay “algo” que me ronda por la cabeza.

Hoy hay tres cosas que saltan como chispas por mi mente.


La primera es la palabra “entornar”.

Me encanta. Es tan sutil, tan precisa que me sorprende tanta perfección para querer decir algo.

-         No, no la cierres del todo. “Entorna” la ventana.

-         Solo “entorna” la puerta para que no nos vea todo el mundo que pase, pero que corra el aire.

-         Te he dicho que cierres los ojos. Estás haciendo trampa, solo los “entornas”.

Si te dicen “cierra la puerta”, es una orden y su ejecución no requiere cuidado alguno. Se cierra y en paz.

Pero si te dicen “entorna la puerta”, requiere pensar, ser cuidadoso, decidir qué grado de apertura dejas. Se suma la voluntad del que da la orden y la del que lo ejecuta.

Sencillamente la considero “una joyita del vocabulario español”.



La segunda es que no puedo obviar que es San Valentín.

Si, un reclamo de la sociedad de consumo… y qué?

… pues eso!. Que hoy es “el día de los enamorados”.

Siempre recuerdo a mi madre, en un día como hoy, cantando:
“Hoy es el día, de los enamorados…”

Y añado más: mi madre a mi padre le cambiaba el nombre según le venía en gana. Concretamente hoy cantaría:

“Hoy es el día, del BRUCIO enamorado y lo único que importa es el amooorrrrr”, para acabar riéndose por llamarlo así solo en un día como hoy.

Mi madre, cuando empecé a estudiar la carrea de medicina, fuera de casa, me escribía una carta cada día. Así me tenía al corriente de todo lo que pasaba en la familia. Cuando terminaba la carta, siempre decía: “ya sabes que te quiere tu fiel y leal… GRACIAN”

Gracián era mi madre en las cartas.

Más de una vez he pensado “que de haber sido alguien”, Gracián, sería mi seudónimo.

¡Quien pudiera en un día como hoy, abrazarme al Brucio y a Gracián!

Por estos sentimientos es por los que vale San Valentín. En un día como hoy, soy consciente de a quién quiero y de a quién he querido con toda mi alma.

Tal vez por eso me emociona escuchar a Rocío Jurado “que no daría yo, por empezar de nuevo”, en su versión flamenca.

Si, que no daría yo… por ese abrazo…!



La tercera es que no puedo comprender, como siendo tan molesto, tan entorpecedor al sacar y meter la tirilla de las pastillas, no me atrevo a tirar a la basura el prospecto del medicamento.

Odio los prospectos. Cada vez más grandes. Cada vez más voluminosos.

 Cada vez ocupando más y más la caja… y ya ni te cuento como te lo leas… el volumen crece y crece porque es imposible volver a doblarlo como estaba antes y la dificultad en el trasiego de las pastillas es tremendo.

Pero… no puedo tirarlo…


Resumiendo:
Adoro la palabra “entornar”.

Me gusta San Valentín porque aunque no quieras “sabes que es el día de los enamorados”.

Odio los prospectos.






Mañana, más.

  

miércoles, 7 de febrero de 2018

QUIERO PAN CON CHOCOLATE

Miércoles 07/02/18

Por la noticia que he leído, pienso que es imposible que con los tiempos que corren se pueda llevar a cabo.

No quiero ni pienso entrar en la “esencia del problema”. 
No estoy preparada. 
Mis escritos son cortos y hablar del tema en profundidad me llevaría a escribir un libro, cosa que no pienso, ni quiero hacer.


Pero “la noticia” en sí misma, me ha dejado como “mal cuerpo”.


No puede ser que en pleno siglo XXI se sigan aplicando castigos tan obsoletos y mezquinos, envueltos de una pátina aparentemente nimia, no por ello menos corrosiva, aunque de apariencia poco importante, pero que a mí me ha trasladado a  una novela de Dickens.

Si se aplicara a un niño, rápidamente las críticas estallarían en todas las redes sociales y lo más seguro es que no se llevaría a cabo.


Pero no, “la noticia” trata de “un castigo” que deberá cumplir un adulto.


Como el castigo es tan pueril, aun chirria más si quien lo tiene que cumplir es un adulto.


Si el castigo me lo aplicaran a mí, me daría hasta vergüenza acatarlo.


No es serio que una persona mayor, con toda una vida tan dedicada a su trabajo y tan reconocida en muchos sectores tenga que cumplir esa “especie de tontería” pero que por ser impuesta a un adulto lleva una connotación perversa.

La noticia dice:
“Estará quince días sin salir al patio”.

¿El próximo castigo será quitarle el “pan con chocolate de la merienda”?.


No me gusta.




Mañana, más.