19/11/13 Martes
Recuerdo que antes cuando ibas a comprar en un colmado y
existía “el dependiente” (como veis la Ley de la Dependencia se abolió ya antes
de crearla), no solo te iban poniendo todo lo que pedías, sino que además te
preguntaban cómo lo querías:
-
Las
patatas nuevas o rojas?
-
Plátanos?,
si son para hoy, llévese estos.
-
Tengo
unas judías tiernísimas. Te llevabas un kilo aunque no estuviera en tus planes.
Te dejabas asesorar por el dependiente.
-
Los
huevos, blancos o morenos? Y ahí quería llegar yo.
Antes la novedad eran “los huevos morenos”,
ahora solo son “morenos”. ¿Por qué?.
Créeme si te digo que en todos los
supers a los que voy busco con nostalgia “el huevo blanco de toda la vida” y no
lo veo ni en pintura. A veces pienso que todo fue un sueño y una absurda creencia
de mi mente.
También es verdad que busco a “la
gallina de los huevos de oro” y como me pasa lo mismo que con los “blancos”, no
me preocupo.
El otro día fui a la farmacia a comprar un colirio de “lágrimas” y tuve la
mala suerte de que me atendiera “un mancebo de botica” que no tenía nada que
ver ni con mancebo ni con botica.
No solo no tenía idea de nada, sino que después de mirar en
un montón de cajones de esos que se abren con gran facilidad, me vendió “unas
lágrimas de marca blanca” que me sentaron fatal.
Yo lo compré pensando que desaparecería esa sensación de “arenilla
en el ojo” dando paso a una sensación de “frescor”.
No solo no sucedió nada de eso sino que comprobaba que al
hablar con la gente o al ponerme en alguna cola, empezaba a llorar sin venir a
cuento, sin ningún tipo de sentimiento, con el único fin de dar pena y me
dejaran pasar antes o conseguir rápidamente lo que quería.
Mi comportamiento me preocupó.
Jamás en la vida había actuado de esa manera.
No comprendía ese cambio tan brutal en mi forma de proceder.
Pensando, pensando, caí en la cuenta que el único cambio que
se había producido últimamente en mi vida, era el uso del colirio.
Me dirigí rauda a leer el prospecto y ahí estaba la
explicación de mi rocambolesca forma de actuar.
¡Me habían vendido Lágrimas de Cocodrilo!
Me entró una rabia horrible.
No hay cosa que más me moleste en esta vida que “la falta de
profesionalidad”.
Pensé en ir a quejarme al farmacéutico.
Pero no fui.
Comprendí que estaba viviendo en mis propias carnes, en mis propios
ojos, la terrible realidad de los tiempos que corren.
Ahora “todo vale”.
Contratas “por cuatro perras” a una pobre persona dispuesta a
tragar “carros y carretas” por un puesto
de trabajo del que no sabía ni que existía y… y así nos va!
Ahora ya no se buscan profesionales.
Ahora en ese “todo vale” el profesional ha pasado de ser un
entendido en la materia, a un charlatán que
simplemente tiene que “despachar algo”.
Me caen Lágrimas de Verdad.
Mañana, más.