lunes, 4 de junio de 2018

CONSERVAR LA CABEZA PLATEADA


Lunes 04/06/18


Al alba, tanto en invierno como en verano, salgo con mi taza de café al pequeño jardín delantero de la casa. 
Apoyo los codos en la cancela de hierro pintada de blanco, sujetando la taza con las dos manos, dejando que el aroma del café y su sabor vaya despejando poco a poco mis sentidos.

Voy mirando ese entorno familiar tan conocido, pero tan distinto cada mañana.

Veo el mar, siempre acompañado en época invernal de esa inconfundible maravilla, inundada de colores rojizos que acompañan a la salida del sol.

En verano, veo el mar, pero aunque sea “la misma hora” ya el sol ha abandonado su despertar rojizo sin dejarme por tanto que lo vea. 
A cambio me obsequia con el canto de los mirlos. 
Un canto sin estridencias, casi sin ritmo. 
Lo percibo más bien como un susurro, como un murmullo. 
Parece que hablan entre ellos y a mí me encanta creer saber, lo que se dicen.

Veo el grupo de pinos y me gusta estar tan cerca del Mediterráneo.

Justo delate, enfrente de casa, están las palmeras. 
Las hemos visto crecer. 
Están preciosas, altísimas. 
Me recuerdan a mi Alicante y quieras que no, me reconfortan. 
Mirándolas comprendo y comparto los versos de mi paisano Miguel Hernández: “alto soy de mirar a las palmeras”… y es que no puede ser de otra manera…

Y por fin llego al olivo que está en la casa de la esquina.

Desde que lo plantaron era “un señor olivo”, grande, recio, majestuoso.  
Durante más de 20 años, al mirarlo, me he dejado impregnar de ese color grisáceo, plateado de sus hojas. 
Ese color, sin color que tienen los olivos sustentados por un tronco retorcido, severo, potente.
Hará unos dos años que lo podaron totalmente.
Cada mañana, le lloraba sus hojas.
Cada mañana esperaba el milagro.
Cada mañana lo he ido mirando y mirando preocupada por su destino.
Una mañana le empezaron a salir hojas verdes, muy verdes, muy brillantes.
Mañana tras mañana iba creciendo hasta conseguir ser tan frondoso como antes.

El que no lo conozca, el que lo vea hoy, creerá que es un olivo “joven”, pero es mentira. Yo sé que es mentira. Él sabe que es mentira.

Él y yo estamos esperando que una mañana sus hojas recobren la plata perdida que solo se consigue con el paso de los años y que producen un respeto imponente.






Mañana, más.




3 comentarios:

  1. Referencia de olivo no tengo. Bueno, si. En la rotonda que hay frente a la que fue mi Consejería, plantaron uno centenario, muy bonito, pero pronto se secó. De las palmeras, si, claro, son mis árboles preferidos, y del mar... qué voy a decir del mar?, de asomarte y verlo enfrente tan majestuoso, y de la salida del sol por el horizonte..., pues una maravilla. Una cosa que no has nombrado es la luna. Las noches de luna llena plateando el mar ¡mágicas! Yo se de alguien que una de esas noches se "obligó" a sentir esa magia desde dentro del agua. Un beso

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    1. Si, lo recuerdo!. Justo "donde el mar riela".
      Qué bonito!

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    2. Es un escrito bucólico muy interesante, en el que el aroma del café en un entorno familiar y querido te transporta a tu tierra a través de las palmeras, a la paz y serenidad a través del mar. Mientras que el olivo con su tronco retorcido y magestuoso me sugiere una alegoría a la madurez, nos vestimos y maquillamos para que nos vean jóvenes pero nuestra cabeza ya es plateada
      No se si he interpretado bien tu escrito, pero es lo que me ha inspirado.
      Me ha gustado mucho, sigue así. Besos

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