22/08/14 Viernes
Hace hoy dos meses justos que no escribo.
Mal, muy mal.
Las vacaciones… otras ocupaciones tal vez…
Bueno, sea lo que sea, el caso es que he vuelto.
La verdad es que han pasado tantas cosas en estos dos meses
que a diferencia de otras veces, me vienen a la cabeza un montón de ideas y me
es difícil elegir, ya que aunque la mayoría no tienen relación entre ellas, en
mi tengan la cualidad de “un todo”.
Pero…habrá que elegir… con lo difícil que es elegir…
Hemos estado en Menorca, concretamente en Ciudadela.
Han sido unos días preciosos de “un no parar” y de vivir el
mar y la playa de una forma diferente a lo vivido.
Tantas calas por ver.
La importancia de la dirección del viento.
Las medusas.
La necesidad de llegar pronto a la cala elegida, ya que de no
ser así, el parking estaba completo y tenías que cambiar los planes en un
periquete.
La “veneración” de las calas completamente intactas.
El “desprecio” a la urbanización en playas maravillosas, en
las que imperan los hoteles, los apartamentos…
Por eso digo que hemos vivido “la playa” de otra manera a la
que estamos acostumbrados.
Pero tengo que decir, aunque tal vez no esté muy bien visto,
que tanto una como otra nos han encantado.
La “sobriedad” de la cala virgen.
La “comodidad” de las playas maravillosas, con sus tumbonas,
sus sombrillas, sus restaurantes…
Total, una maravilla de playas, independientemente de la
elegida.
Yo le decía a Mari Carmen que igual que hay “urbanitas”, también
debe de haber “playitas”, ya que a veces yo pedía “comodidad” pues la belleza
la tenías siempre asegurada.
Hacer la ruta de los talayots. Meterte en un mundo ya pasado
pero que conserva la tranquilidad y aviva la imaginación.
Y…Los faros.
Los faros no sé lo que tienen, pero es algo que me
entusiasma.
Como es una isla pequeña, con el coche te plantabas de una
punta a otra casi sin darte cuenta.
Tanto es así que decíamos cuando corría la brisa: “alguien ha
abierto una ventana”.
Lo más curioso para mí es que no he dejado de pensar en “el Pequeño
Príncipe”.
Ese poder moverte de un lado a otro por la Isla es lo que ha
hecho que estuviera tan presente en mí.
Íbamos de faro en faro buscando “las puestas de sol”. Las
maravillosas puestas de sol.
Recordaba que al Pequeño Príncipe le encantaban las puestas
de sol y que se sorprendió que en nuestro Planeta para verlas “hay que esperar
a que el sol se ponga”, mientras que en su Planeta “con mover unos pasos su
silla” podía contemplar el crepúsculo cada vez que lo quisiera.
Confesó que una vez vio la puesta de sol 43 veces… para luego
añadir: “cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de
sol”.
Pensar en su tristeza me hizo una vez más querer abrazarlo y
consolarlo. Debió de estar muy triste ese día…
Si, Menorca y El Pequeño Príncipe tienen mucho que ver.
Mañana, más.
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