Viernes 26
de marzo de 2021. Viernes de Dolores.
Empiezo tomándome un “analgésico” por si las moscas. No sea
que con los tiempos que corren… lo del viernes de “dolores” sea más “genérico”
que otros años.
Estoy pensando que llevamos ya más de un año con esta maldita
y asombrosa pandemia que a todos nos ha descolocado, aunque de forma diferente,
dependiendo del carácter de cada uno.
Yo tengo que reconocer que me he sentido sobrepasada ante las
terribles consecuencias a nivel humano y a nivel económico.
Pensar en la soledad de tantas personas enfermas, de tantas
muertes anónimas, de tantas muertes conocidas, de tantos familiares sin el
consuelo de una despedida… me sobrecoge.
Pensar en la destrucción de trabajo, en la ausencia de
ingresos y en la absoluta incertidumbre del “que va a pasar mañana”… me
entristece y agobia.
Pero… el “analgésico” va haciendo su efecto y me da paso a
narrar otras situaciones.
Durante el confinamiento decidí “planear un robo”. Pero… un
“robo, robo”. Como en las películas. Bien planeado. Sin dejar un cabo suelto.
Como no conozco a ningún “ladrón”, lo planeé en solitario.
Solo yo sería el artífice del robo.
Vi varias películas de robos famosos para ver el “modus
operandi”. Tomaba notas. Cuando llegaba al final de la película, solía
apagarla, pues en mis planes no existía la posibilidad de que me detuvieran y
me llevaran a la cárcel.
De todas las películas que vi, las que más me gustaron eran
de “cuatreros en el lejano Oeste”. Por ese motivo tenía que conseguir una
vestimenta, un vehículo, un arma acorde con esos tiempos.
Hoy en día todo es posible “vía Amazón” y así, a lo tonto, a
lo tonto, me hice con un auténtico traje de cowboy, con sombreo adecuado, botas
y un gran chambergo de cuero viejo que pudiera ocultar las armas que llevaba.
Lógicamente el arma elegida fue un Colt 45. Me compré dos
pues la cartuchera que me mandaron tenía al cinto capacidad para dos
revólveres.
Ya solo me faltaba el caballo.
El caballo alazán es el más típico, color rojizo, con crines
y cola pelirroja. Pero no, no quería ese, quería algo más personal.
Pensé en un caballo blanco, pero también lo deseché pensando
que “el blanco es muy sucio”.
El caballo típico de los indios, a manchas, tampoco lo
quería, ya que venía “manchado de origen” y me considero una persona “limpia”.
Al final me decidí por un caballo negro que es el que siempre
he querido tener y ahora era el momento.
Conseguir el caballo fue lo más sencillo ya que mi sobrina
tiene una Hípica en Alicante y solo necesité pedírselo.
Cuando llegó el caballo me emocioné solo al verlo. Era
precioso. Elegante. Con las crines al viento era impresionante (como no hacia
viento, echamos mano de un secador de pelo y así estuvimos mucho rato hasta que
nos cansamos). Además tenía una estatura perfecta, ni muy grande, ni muy
pequeño.
Cuando lo entramos en casa (durante varios días, antes de que
llegara, no limpiamos, no fregamos, no recogimos la mesa, no hicimos las
camas…) él se sintió de maravilla, ya que habíamos conseguido tener “la casa
como una cuadra”. Estaba muy a gusto y enseguida nos familiarizamos el uno con
el otro.
Había que ponerle nombre… Babieca?, ya estaba pillado.
Rocinante?, pillado. Pegaso?, pillado. Tornado?, pillado. Bucéfalo?, pillado.
Marengo?, también. Total que al final me decidí por la primera palabra que me
salió al verlo: Guapo!.
Ya lo tenía todo.
A las 9 de la mañana de un día 25 (fecha en la que cobran los
jubilados y por lo tanto garantía de dinero en el banco), ataviada como el más
malvado cuatrero del Oeste, tras un gran salto me veo cabalgando en mi caballo
Guapo. Al trotecito lento iniciamos el paseo, para no llamar la atención y así
hasta la puerta del banco.
Descendí lentamente de Guapo y lo amarré en una argolla para
perros… no encontré nada más digno…
Entré en el banco. Se escuchaban mis pisadas enérgicas y el
chirriar de las espuelas al roce con el suelo de mármol.
Me puse en el centro de la sala. Desenfundé los dos Colt 45 y
grité: “¡Todo el mundo al suelo!. ¡Esto es un atraco!.
La multitud de gente congregada en el banco, miraba hacia un
lado y a otro sin acabar de comprender.
Volví a gritar “¡Todo el mundo al suelo!. ¡Esto es un
atraco!. Y nada… seguía la confusión…
Al final comprendí!
Me quité la mascarilla y la gente al verme el rostro
descubierto… empezó a gritar y a esconderse asustada.
Volví a gritar “¡Todo el mundo al suelo!. ¡Esto es un
atraco!.
Tosí dos veces y estornudé cuatro…
Todo el mundo se echó al suelo.
Sin necesidad de un solo disparo, salvo de algunas toses, el
director del banco apareció con grandes sacas repletas de dinero, suplicándome
que me marchara. Así lo hice…
No me puse la mascarilla hasta llegar a mi casa que era una
cuadra.
Ya en casa reflexioné… ¡Esto no estaba previsto en ninguna
película!. Para robar tenía que ir “a cara descubierta”…
Lo dicho, esta pandemia ha cambiado muchos guiones… tantos
que hasta yo devolví las sacas de dinero al banco, pero por Seur…
Ya no somos los mismos.
Mañana, más.
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