viernes, 12 de abril de 2013

LAS AMISTADES SILENCIOSAS

12/04/13   Viernes
 
 
 
Una vez más he realizado el trayecto de ida y vuelta desde casa al taller de Pepe.
El trayecto durará unos 10 minutos en total.
El taller está muy cerca de casa.
El trayecto es agradable porque nuestra calle es “semipeatonal”.
 
Una vez más nos hemos cruzado con “un padre talludito llevando a sus hijos al colegio”.
El padre talludito debe de tener casi completa la década de los 40.
El niño tendrá 7 años.
La niña unos 3.
 
En ese ir y venir los he visto crecer.
Primero solo era “el padre con su hijo”.
Luego se incorporó la niña.
 
En ese ir y venir les he escuchado risas y llantos.
 
En ese ir y venir he sido testigo de consejos y reprimendas.
 
En ese ir y venir me resulta fácil imaginar como se comportan en su casa y el estilo en que allí se ejerce “la autoridad”.
 
En ese ir y venir compruebo que “sus métodos educativos” dan los frutos deseados.
El niño ya nunca llora. La niña es raro verla llorar.
Lo que menos les gusta es el lunes y… los comprendo.
 
El padre tuvo unos días “la genial idea” de llevar su bicicleta.
Aquello era incomodísimo y duró muy poco.
Yo lo veía venir.
La niña iba sentada en sillín. El padre llevaba la bici con el niño de la mano.
Arrastrar aquello de esa manera era dificilísimo.
Duró poco como imaginé.
 
Ahora el niño suele ir “solo”. Se va haciendo mayor.
La niña sigue dándole la mano a su padre.
 
En ese ir y venir reconozco en el a un hombre serio, responsable que se “esfuerza” en ser un padre agradable “intentando” ponerse a la altura de los niños.
Aunque yo se que se esfuerza, son pocas las veces que lo consigue,
Pero lo consigue.
Los he visto cantar.
Los he visto darse una carrerita.
Pero lo mejor de todo, aquí es impecable y divertidísimo, es cuando llueve.
 
Como he dicho antes, nuestra calle es “semipeatonal”. No es muy ancha.
Tiene a cada lado de las aceras una hilera de árboles “finitos” con ramas también finitas surcadas de una especie de “penachos verdes”. No es el árbol típico de ramas y hojas.
Cuando llueve, el agua se acumula “en los penachos”.
 
Cuando llueve o ha llovido, el padre se transforma en “unas castañuelas”.
Se dedica a darle al tronco finito de los árboles “una sacudida”.
Toda el agua acumulada cae sobre ellos ocasionando una gran estampida de los tres al apartarse de los árboles, dando gritos y carcajadas sin fin.
 
Tengo que reconocer que cuando eso sucede yo hago lo mismo con Pepe cuando lo voy a buscar al medio día.
También nosotros nos reímos y corremos horrorizados por la calle, ante tanta agua en cima.
El no lo sabe pero ese “juego” se lo he copiado.
 
Nunca nos saludamos. Pero nos conocemos.
A lo mejor el ahora mismo está escribiendo sobre “nosotros” en su blog.
¿Por qué no?. Yo lo estoy haciendo.
 
Solo nos hemos saludado una vez.
Nos “encontramos” un día de fiesta paseando por el Paseo de Gracia.
Nos hizo ilusión vernos fuera del trayecto habitual.
Nos miramos.
Nos sonreímos.
Nos saludamos.
 
Pero siempre pasamos uno al lado del otro como si no nos conociéramos.
Pero los dos sabemos que eso es mentira.
Lo que nos pasa es que somos, como “esos españoles que se van al extranjero” y al escuchar a tu lado hablar español te pones a hablar con ellos como si te conocieras de toda la vida.
 
Es “el cambio de escenario” lo que te hace reaccionar.
 
Yo aún recuerdo como hace muchos años, viviendo en Zaragoza, me encontré con mi hermana Carmela.
Yo salía de hacer “una visita” en la Iglesia.
Ella entraba a la Iglesia a hacer “una visita”.
Nos quedamos mudas de asombro una frente a la otra sin “saber muy bien de que nos conocíamos”.
Luego nos moríamos de risa porque a las dos nos pasó lo mismo.
Todavía nos reímos.
 
Y es que si nos cambian lo cotidiano y lo de siempre se produce en otro contexto… nuestras reacciones son totalmente distintas a las habituales.
En nuestra cabeza se produce una especie de “cloc cloc”, hasta que entendemos lo que allí está pasando. Pero hasta entonces no sabemos reaccionar.
 
¡Las cosas de la Vida!
 
 
 
 
Mañana, más.
 
 


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