viernes, 12 de enero de 2018

COMIDA INESPERADA CON EL PAPA FRANCISCO

Viernes 12/01/18


Ya os dije ayer que comí con el Papa Francisco.

Fue tal la sorpresa y la emoción que no recuerdo bien cómo fue posible que el Papa comiera en casa.

Tengo un sinfín de imágenes previas a tal acontecimiento, pero no las puedo atrapar y saber cuál fue el motivo principal para que eso sucediera.

Por un lado tengo un leve recuerdo de que se le estropeó “el Papa móvil", pero por otro creo que fue “el móvil del Papa” lo que no funcionaba.
Total, un lío que en este momento no se aclarar.
Lo que si recuerdo perfectamente es que me acerqué hacia él y le dije que no había ningún problema insalvable y que lo único que tenía que hacer era acercarse a casa, comer un poco, pegarse una buena siesta y que se quedaría como nuevo.

Mis palabras fueron recibidas por su séquito como si nunca nadie las hubiera pronunciado. Me miraron con escepticismo y benevolencia y se interpusieron entre su Santidad y yo.
Hablaban en susurros entre ellos y lo único que pude escuchar fue: “A Roma, a Roma”.
Como me pareció una decisión absurda, (ni que Roma estuviera a la vuelta de la esquina), quise meter baza otra vez ofreciéndole mi casa, pero a la primera frase que dije, soltó el Gran Chambelán con cajas destempladas: “¡quiere callarse señora, no ve que su Santidad ha sufrido un contratiempo y no le incumbe a usted como hay que solucionarlo!?”.
Lo miré con un poquito de ira (ante el Papa no me atreví a mirarlo con toda la ira que sentía) y para que comprendiera que trataba con una mujer culta, le dije mirándole a los ojos (con un poquito más de ira): “Alea iacta est”. Le mantuve la mirada y repetí esta vez en español: “La suerte está echada”.
Fueron unos breves segundos, (no sé si se quedó encandilado por mi gran cultura o por su asombro ante mi inesperada salida), los justos para que yo a empujones alcanzara al Papa Francisco, lo cogiera en brazos y corriera lo más que pude hacia mi casa.
Cerré precipitadamente la puerta. Con gran cuidado dejé al Papa con los pies en el suelo. Recogí el solideo, se lo puse en la cabeza y aún jadeante me postré a sus pies diciendo: “no sé si he obrado bien, pero no he podido resistir el impulso de socorrerlo, Santidad”.
Me miró con ojos chispeantes dibujando una breve sonrisa. Me invitó, cogiéndome por los brazos a que me pusiera de pie y mirándome, ya con una sonrisa franca, me dijo:
-“¿Qué hay para comer?”
- Tengo pizzas congeladas.
- No, no. Estoy harto de pasta.
- Puedo llamar por teléfono y pedir un churrasco.
- No, no. Siempre me dan eso para congraciarse. Tienes algo diferente?.
- Santidad, como soy de Alicante le puedo hacer carne con tomate.
- Bien, bien.  Eso no lo he comido últimamente.
Le hice carne con tomate. Nos lo comimos todo. Rebañamos el plato con el pan y… una gran mancha de tomate apareció en su sotana blanca, inmaculada…
Actué con la mayor naturalidad que pude y le dije que se quitara la sotana que se la tenía que lavar. Le di un albornoz que guardaba de mi papá (¡quién me iba a decir que el albornoz de mi papá lo iba a utilizar el Papa!), se lo puso y así estuvimos hablando de lo divino y de lo humano como si nos conociéramos de toda la vida, mientras la lavadora reparaba los estragos del tomate. 
Me pidió discreción, por lo que no voy a decir de lo que hablamos, pero os puedo confesar que yo me sentí como una pastorcilla, sobre todo cuando recibí la Bendición Papal.
Salió de casa. No contestó ninguna pregunta. Se marchó. Se fueron.
Yo aún no me acabo de creer todo lo vivido. Todo lo experimentado. Imagino que vosotros, tampoco.



Mañana, más.

1 comentario:

  1. Magnífica como siempre, no me extraña que grandes personajes quieran conocerte.

    ResponderEliminar