viernes, 25 de enero de 2013

EL DESPERTAR DE UN SUEÑO

25/01/13   Viernes
 
 
Hoy me he despertado sobresaltada.
Generalmente no sueño y suponiendo que sueño, al levantarme no me acuerdo de nada.
Pero hoy ha sido distinto.
Me he despertado como se despiertan los protagonistas en las películas tras un sueño desagradable, tras una pesadilla.
De repente y muy sobresaltada me he incorporado bruscamente, quedando sentada en la cama, con los ojos desorbitados y empapada en sudor.
Lo recordaba todo.
Tras unos segundos en los que trato de comprender lo que pasa. 
Tras unos segundos que me parecen interminables dado mi estado de angustia y ansiedad, comprendo al fin que todo ha sido un sueño y que curiosamente lo recordaba con pelos y señales.
Ya tranquila me vuelvo a acostar y ante mi, ya consciente, aparece nuevamente el sueño.
Al recordarlo, hasta cierto punto, me ha sorprendido que me produjera tal angustia ya que pensándolo fríamente, no ha sido más que un sueño producto de las últimas noticias y en el fondo no deja de tener un puntito de humor negro.
Bueno, eso es lo que a mi me ha parecido.
Paso a narrarlo ya que me gustaría conocer vuestra opinión.
 
 El mundo de los sueños ya sabéis que no tiene mucho que ver con las cosas y las imágenes a las que estamos acostumbradas.
Eso explica que yo me recuerde vestida con una gabardina de ese color impreciso tan propio de las gabardinas. Con ese color entre acero y algo marroncito claro.
La gabardina estaba fuertemente ceñida a la cintura por un cinturón con hebilla.
Las solapas alzadas me cubrían todo el cuello dejando mi cola de caballo en una situación lateral, algo molesta.
Llevaba un sombrero clarito pero con el color más subido que el de la gabardina, como el de los gángsteres, con el ala caída hacia abajo tapándome medio ojo derecho.
Mis ojos quedaban ocultos por unas gafas de sol tipo Rayban que contra todo pronóstico me permitían ver mí alrededor con una luminosidad casi cegadora.
Colgada al cuello llevaba una máquina de fotos, grande, antigua, de esas que hay que cambiarle la bombilla en cada disparo.
Mis pies se cubrían con unos botines blanco y negro.
 
A mí alrededor en medio de un azul intenso, limpio y sereno se agolpaban inmensas nubes blancas, luminosas que invitaban a desear revolcarte en ellas dada su aspecto esponjoso y plácido.
 
A lo lejos se observaba una puerta enorme, de ébano, tallada, con infinidad de relieves.
La puerta resplandecía.
 
Dirigí hacia allí mis pasos y al estar frente a ella me sobrecogió su belleza.
Estaba labrada por todos y cada uno de los pasajes del Evangelio.
Era bellísima.
Al mirar hacia arriba, comprendí que no tenía fin.
 
Había en el centro una gran aldaba con los rostros de los cuatro evangelistas.
Me armé de valor y la golpee fuertemente cuatro veces. Una por cada evangelista y clamando:
¡San Mateo!
¡San Marcos!
¡San Lucas!
¡San Juan!
 
A los pocos segundos la puerta se abrió de par en par.
Ante mí  estaba un hombre inmenso, sonriente, con una túnica blanca ribeteada de fino hilo de oro. Del cinto colgaban una gran variedad de llaves.
Le dije:
-         San Pedro, supongo.
A lo que contesta:
-  A que vienes Victoria?.
-  Querría saber una cosa y a pediros un favor, si es posible,
-  Que quieres saber?
-  ¿Ha llegado ya Sor María?.
-   Que favor quieres?
-   Entrevistarla y hacerle unas cuantas fotos.
 
Al cabo de unos minutos en los que no dejaba de mesarse sus largas barbas, me mira y me dice:
-         Acaba de llegar!
-         Venga!, pasa corriendo que la van a presentar al Padre!
 
Sin casi darle las gracias echo a correr pero mis pies no me obedecían.
De repente me sentí transportada como por una cinta mecánica algodonosa y fresca.
 
Entre una multitud que emanaba como un humo suave y blanco veo aparecer el inconfundible hábito azulón de las Hermanas de la Caridad.
En ese preciso momento una voz atronadora exclama:
-         ¡¡¡Sor María ya está preparada para comparecer ante Dios!!!
 
Recuerdo que quedé tan sobrecogida que en ningún momento se me ocurrió hacer foto alguna.
 
Apareció de repente, en lo alto de la multitud, una especie de triángulo luminoso que emanaba rayos por cada uno de sus ángulos, pudiendo atisbar en el centro un gran y precioso ojo azul.
 
La voz atronadora exclamó nuevamente:
-         ¡¡¡Arrodillaros que está a punto de aparecer Dios!!!.
 
Todos arrodillados escuchamos como en un susurro, por detrás de ese gran triángulo, la voz de Dios decir:
 
-         Que Dios me perdone, pero… ¡¡¡¡Esconder al Niño Jesús!!!!
 
 
Ahí fue donde me desperté.
 
 
 
 
Mañana, más.
 
 
 
 
   
 
 
 
 
 
 
 


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