05/09/14 Viernes
También he
estado en Alicante.
Mi hermana Aurorita, siempre que contamos anécdotas, o
simplemente cuando hablamos de los hechos cotidianos, me dice:
-
¿Y
por qué no escribes un libro de la familia, con la de cosas que podrías contar?
Yo le respondo que soy incapaz de
escribir un libro.
Soy incapaz de “contar cosas
concretas de nuestra vida”.
Puedo contar “anécdotas” y puedo “plasmar
sentimientos de situaciones vividas”, pero “novelar nuestras vidas o mi vida”,
soy incapaz.
Tal vez por una “especie de pudor”
hacia la realidad.
Supongamos que escribo
una novela en que los hechos transcurren a principios de los años 20, 1920.
Lógicamente no habíamos nacido y parece que por ello lo que escribo no tendría
nada que ver con nosotros. Se interpretaría “como pura invención”.
Lo más lógico es que “ese
libro “solo lo leyeran los más próximos a mí” y seguro que más de uno se
sentiría identificado en algún personaje.
Pues bien, eso soy
incapaz de hacerlo.
Puedo decir que este verano, como manda el estar vivo, ha
estado lleno de claroscuros.
De momentos de dicha y momentos de preocupación.
Y es con esa dicha y con esa preocupación con la que vivimos
el día, día.
Sentir tan de cerca el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la
superación, la impotencia, las ansias de ayuda, los deseos de ayudar… te llevan
a ese punto que te resulta difícil comprender, como es posible compaginar “una
vida normal” cuando ya ha anidado en ti el dolor ajeno, el dolor del otro, tan
próximo a ti.
Parece imposible que te queden ganas de reír, de divertirte,
de seguir “tan normal”, cuando no puedes quitarte de la cabeza que alguien a
quien quieres está sufriendo.
Pero hasta esa especie de “normalidad” es lo que nos da
impulso para seguir viviendo e impidiendo que el dolor lo invada, lo envenene
todo.
Aurorita, soy incapaz de “contar lo que me preocupa”, solo lo
nombro, paso por encima “de puntillas”, pero a la vez no puedo dejar de hablar
de ello, pues lo tengo muy presente.
Mi padre empezaba así el libro que iba a escribir:
-
Días
aciagos para mí, en primeros años juveniles.
Y no siguió…
Lo comprendo…
Yo también podría empezar así el libro de mi vida…
Pero no puedo seguir…
Mi padre también escribió “otro Libro” que empezaba:
-
Cualquier
cosa, aun intrascendente, resultaba agradable.
Y no siguió…
Lo comprendo…
Yo también podría empezar así el libro de mi vida…
Pero no puedo seguir…
Me gusta parecerme a mi padre.
Mañana, más.
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