06/04/11 Miércoles
Hablar de “la crisis” se ha convertido ya en algo que nos impregna la vida.
De un día para otro nos cerraron el grifo que nosotros no habíamos abierto.
De un día para otro nos dejaron empantanados sin saber bien que estaba pasando.
Solo se escuchaba la palabra “crisis”.
Pero poco a poco nos fuimos dando cuenta.
Nos habían cambiado las reglas de un juego que nos hicieron jugar y de repente comprendimos que como siempre “la banca gana”.
Ya nos habíamos metido todos en la espiral del “bien estar”, en la espiral de los “bienes materiales” y de repente nos hicieron comprender que “no éramos dignos ni solventes para llevar una vida más o menos agradable”.
La podíamos llevar “si todo seguía igual”.
Si cada mes entraba en nuestra cuenta la misma cantidad de dinero.
Si continuáramos con el mismo trabajo que en su día el banco consideró suficiente, para pagar a su debido tiempo lo que ellos nos “dieron” anticipadamente.
Pero cambiaron las reglas del juego.
Pienso en los millones de parados y me produce vértigo.
Me pongo en su piel y tengo que dejar de pensarlo en seguida porque no lo soporto.
Me imagino estar en esa situación y no soporto comprender la angustia que estarán pasando.
Han conseguido hasta que sintamos vergüenza de quejarnos, los que todavía conservamos “nuestro puesto de trabajo”.
Pero es que todos sentimos la “losa de la crisis”.
Los que seguimos trabajando, por lo mismo, cobramos menos.
Si queremos seguir manteniendo lo mismo.
Si podemos seguir siendo “solventes” es a fuerza de “horas de más” y a fuerza de “ocio de menos”.
Nadie queda indiferente a lo que está pasando.
Recuerdo que cuando hablaba con alguien sobre el paso del tiempo, sobre lo que nos va cambiando la vida conforme nos vamos afianzando en nuestro trabajo, ponía siempre el mismo ejemplo:
Cuando era estudiante: de vez en cuando podía ir a comerme “un frankfurt” y de forma excepcional “un brasburt”.
Cuando era medico de guardia: podía ir a comer “una pizza” tranquilamente.
Cuando fui médico adjunto y pluriempleada por las tardes: podía ir a comer “donde me diera la gana”.
Pues ya no!.
Todo sigue igual aparentemente, pero ya nada es lo mismo.
Ahora hay que recomponerlo todo “según prioridades”.
Ni Frankfurt.
Ni pizza.
Ni lo que te de la gana.
Ahora todo se hace “si se puede hacer”.
Ahora todo se hace en función de “poder seguir disfrutando de unas maravillosas vacaciones en verano”.
Como dijo aquel: Las vacaciones bien valen una pizza!.
Tengo que confesaros un secreto. Los más allegados ya lo conocen:
De vez en cuando y con gran esfuerzo “tiro papeles en el suelo” para que los barrenderos no pierdan su puesto de trabajo.
Es lo único que se me ha ocurrido que yo pueda hacer “a favor del empleo”.
Mañana, más.
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