martes, 26 de abril de 2011

YA RECUERDOS, DE UNAS VACACIONES



26/04/11     Martes


Empezamos, sin faltar, “una semana vulgar”.
Después de la “Semana Santa”, las demás suenan a “menos regias”.
Pero tampoco está mal el volvernos a sumergir en la rutina.
Me siento una privilegiada por mi “día a día”.
No reconocerlo sería faltar a la verdad.
Lo que pasa es que donde estén unas agradables vacaciones…

Nunca he comprendido, bueno si que lo comprendo, pero como no es mi caso, vuelvo a decir: nunca he comprendido como después de las vacaciones aumentan el número de separaciones.
A mí siempre me saben a poco.
Me encanta mi familia.

Como somos “cuatro hermanas”, existen “cuatro núcleos diferentes”.
Cada “núcleo”, tiene su estilo, su manera peculiar de ser.

El “núcleo de mi hermana Aurorita”, tiene el poder del mercurio. Nos aglutina a todos, formando “una maravillosa bola plateada y maleable donde tiene cabida toda la familia”.
El día de la Mona lo celebramos en su chalet, “El Palomar”.
Allí estuvimos todos.
Todos los que pudieron ir.
No pudo venir mi hermana Maria Eugenia y su marido Pepe.
No pudo venir mi prima Mari Loli.
Pero de cada familia ausente había hijos y nietos.
Una de las cosas buenas de mi familia es que “puedes hacer lo que quieras”, no se cuestiona nada. Todo está bien.
A los ausentes se les echa de menos y nada más.

Estaba mi tía Tona, la hermana pequeña de mi madre.
Su presencia es como un baño cálido para el alma.
Es como si en ella estuvieran presentes “los que de verdad no pueden venir”.

Después de una opípara comida en la que no puede faltar la carne con tomate y la tortilla de patatas, vino la sobremesa.
Como somos tantos, poco a poco el círculo se iba abriendo más y más y como siempre empezamos a contar y recordar anécdotas “de toda la vida”.
Solo faltaba “el fuego en el centro”, para sentirnos “una tribu”.
Nos reímos.
También se escapó alguna lágrima.
Pero tanto la risa como el llanto tenían el mismo sentido de unión, de bien estar.
Cantamos las canciones que año tras año mi madre inventaba para cantarla “el día de la mona”.

Después del paseo “por el campo” con bastones incluidos (a Pepe le di el más bonito), vuelta al chalet para hacer el chocolate para comer las monas.

Del chocolate se encargaron mi hermana Carmela y Virginia.
A pesar de la presión que reciben… “este año saldrá líquido”, “parece leche con colacao”… impasibles ante tales comentarios, con paciencia, moviendo sin parar el mejunje… salió un maravilloso chocolate en su punto de espesura que hizo callar a las “bocas jocosas”.
Mojamos monas y toña. Todo buenísimo.

Y ya de colofón “la mona catalana”.
Cada año mi hermana Carmela y Jaime traen la mona catalana.
Este año era una casa con parte del tejado sin cubrir, por donde se veía el saloncito de la casa.
El tejado de chocolate rojo.
Las paredes de chocolate blanco y crema.
El suelo haciendo un mosaico de chocolate blanco y negro.
El silloncito de chocolate rojo.
La rodean de un montón de regalitos que van desde el típico pollito amarillo, hasta un saltador…
Todos los niños se colocan alrededor.
Al grito de “un, dos,TRES”, se lanzan enloquecidos sobre los regalos y sobre la mona hasta destrozarla.

Y así un año más.
Y así uno se vuelve “tan contento a Barcelona”.







Mañana, más.


















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